jueves, 4 de agosto de 2011

PARA NO OLVIDAR...

Porque las realidades arriba y abajo,al norte y al sur,medidas y conceptos pre-establecidos,repetidos sin cansancio aún sin saber bien de qué hablamos cuando usamos estos conceptos,cada vez van pareciéndose más...les dejo un fragmento de el libro Patas Arriba.La Escuela del Mundo al Revés de Eduardo Galeano:

La igualación y la desigualdad
La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo.
La maquinaria de la  igual ac ión compulsiva actúa contra la  más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferencias  y desde ellas se vincula. Lo mejor que el  mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil  y  una maneras de vivir  y decir, creer  y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años.
La igualación, que nos uniformiza y nos emboba, no se puede medir. No hay computadora capaz de registrar los crímenes cotidianos que la industria de la cultura de masas comete contra el arcoiris humano y el humano derecho a  la  identidad. Pero sus demoledores progresos  rompen los ojos. El tiempo se va vaciando de historia y el espacio ya  no reconoce la asombrosa  diversidad  de  sus  partes. A  través de  los  medios  masivos  de comunicación, los dueños del   mundo nos comunican  la obligación que  todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja los valores de la cultura de consumo.
Quien  no  tiene, no es: quien no tiene auto, quien  no usa calzado de marca o perfumes  importados, está simulando existir. Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería, estamos   todos  obligados a   embarcarnos  en  el  crucero  del  consumo, que surca  las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al  naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo de nuestras clases  medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y   la televisión   se encarga de convertir en   necesidades  reales, a los ojos de todos, las demandas  artificiales  que  el  norte  del  mundo  inventa sin  descanso  y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte  y  sur, dicho sea de paso, son términos que en este libro designan el reparto de  la  torta   mundial, y  no siempre coinciden con la geografía.)
¿Qué pasa con los millones y millones de niños latinoamericanos que serán jóvenes condenados a la desocupación o a los salarios de hambre? La publicidad, ¿estimula la demanda o, más bien, promueve laviolencia? La televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan. El crimen es el espectáculo más exitoso de la pantalla chica. Golpea antes de que te golpeen, aconsejan los maestros electrónicos de los videojuegos. Estás solo, sólo cuentas contigo.
Coches  que  vuelan, gente  qu e estalla: Tú   también  puedes  matar. Y, mientras  tanto, crecen  las ciudades, las ciudades  latinoamericanas  ya  están   siendo   las  más  grandes   del  mundo. Y  con   las ciudades, a ritmo de pánico, crece el delito.
La  economía  mundial  exige  mercados  de  consumo  en   perpetua   expansión, para   dar  salida  a  su producción  creciente y   para   que   no se derrumben   sus  tasas de ganancia, pero a   la vez   exige   brazos   y materias  primas  a   precio  irrisorio, para  abatir   sus costos de   producción. El  mismo   sistema   que necesita   vender   cada   vez   más,  necesita   también   pagar   cada   vez    menos. Esta paradoja  es   madre   de otra paradoja: el norte del mundo dicta   órdenes  de  consumo  cada vez   más   imperiosas, dirigidas  al  sur   y   al  este, para   multiplicar  a   los   consumidores, pero   en   mucha  mayor  medida   multiplica   a   los delincuentes. Al   apoderarse  de los fetiches   que   brindan   la  existencia   real  a  las   personas, cada asaltante quiere   tener   lo que su víctima tiene, para ser   lo   que  su  víctima   es. Armaos  los unos a los otros: hoy  por  hoy, en   el   manicomio   de  las  calles, cualquiera   puede   morir   de   bala: el   que   ha   nacido para   morir   de  hambre    y    también   e  l que   ha   nacido para morir de indigestión.

La pobreza mata cada año, en el mundo, más gente que toda la segunda guerra mundial, que a muchos mató. Pero, desde el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin y al cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está creciendo demasiado. Los expertos denuncian los excedentes de población al sur del mundo, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento, día y noche: las mujeres siempre quieren y los hombres siempre pueden. ¿Excedentes de población en Brasil,donde hay diecisiete habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay veintinueve? Holanda tiene cuatrocientos habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia un puñado de voraces se queda con todo. Haití y El Salvador son los países más superpoblados de las Américas, y están tan superpoblados como Alemania.
El poder, que  practica  la injusticia  y  vive de ella,  transpira   violencia   por   todos   los   poros. Sociedades   divididas   en   buenos   y   malos: en    los   infiernos   suburbanos   acechan  los condenados   de piel  oscura, culpables de  su   pobreza   y   con tendencia   hereditaria   al crimen:  la publicidad    les    hace  agua    la   boca  y    la   policía    los  echa  de  la  mesa. El  sistema   niega   lo  que   ofrece, objetos  mágicos   que hacen    realidad  los   sueños, lujos  que   la   tele  promete, las   luces  de  neón anunciando el  paraíso  en   las noches  de  la  ciudad, esplendores de  la riqueza virtual: como bien saben  los dueños de  la  riqueza  real, no hay valium  que pueda calmar  tanta   ansiedad, ni prozac capaz de apagar tanto tormento. La cárcel y las balas son la terapia de los pobres.
Hasta  hace   veinte   o   treinta   años,  la   pobreza   era    fruto  de  la  injusticia. Lo   denunciaba    la  izquierda,  lo  admitía   el    centro, rara   vez   lo   negaba    la   derecha.  Mucho   han   cambiado   los   tiempos, en  tan  poco  tiempo: ahora   la   pobreza   es  el  j usto   castigo   que  la   ineficiencia  merece. La pobreza  puede  merecer  lástima, en   todo   caso, pero    ya    no    provoca    indignación:  hay    pobres   por   ley   de   juego   o   fatalidad  del  destino. Tampoco   la   violencia   es   hija   de   la     i njusticia.  El    lenguaje   dominante, imágenes   y   palabras    producidas   en   serie,  actúa   casi   siempre   al   servicio   de   un   sistema  de recompensas    y    castigos,  que   concibe   la  vida   como   una   despiadada   carrera    entre    pocos    ganadores    y    muchos    perdedores    nacidos    para    perder.  La violencia   se   exhibe, por    regla   general, como  el   fruto  de   la   mala   conducta   de   los    malos   perdedores, los   numerosos    y    peligrosos  inadaptados   sociales  que  generan  los   barrios    pobres    y    los    países    pobres.  La   violencia   está   en   su  naturaleza. Ella    corresponde, como   la   pobreza, al   orden    natural, al  orden  biológico   o, quizá, zoológico: así    son, así    han    sido   y   así   seguirán   siendo. La   injusticia, fuente   del   derecho   que   la perpetúa, es   hoy   por   hoy   más   injusta   que   nunca,  al   sur    del    mundo    y    al    norte    también,  pero    tiene  poca    o   ninguna   existencia    para   los   grandes   medios de comunicación que fabrican la opinión pública en escala universal.
El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam, escribió un  libro donde  reconoció que la guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a más de tres millones de vietnamitas y a cincuenta y ocho mil norteamericanos, no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. Según McNamara, ya en 1965 había abrumadoras evidencias que demostraban la imposibilidad del triunfo de las fuerzas invasoras,pero el gobierno norteamericano siguió actuando como si la victoria fuese posible. El hecho de que los Estados Unidos hayan pasado quince años practicando el terrorismo internacional para imponer, en Vietnam, un gobierno que los vietnamitas no querían, está fuera de cuestión. Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la segunda guerra mundial es un detalle que carece de importancia.
       Al fin y al cabo, en su larga matanza, los Estados Unidos habían estado ejerciendo el derecho de las grandes potencias a invadir a quien sea y obligar a lo que sea. Los militares, los mercaderes, los banqueros, y los fabricantes de opiniones y de emociones de los países dominantes tienen el derecho de imponer a losdemás países dictaduras militares o gobiernos dóciles, pueden dictarles la política económica y todas las políticas, pueden darles la orden de aceptar intercambios ruinosos y empréstitos usureros, pueden exigir servidumbre a sus estilos de vida y pueden digitar sus tendencias de consumo. Es un derecho natural, consagrado por la impunidad con que se ejerce y la rapidez con que se olvida.
       La memoria del poder no recuerda: bendice. Ella justifica la perpetuación del privilegio por derecho deherencia, absuelve los crímenes de los que mandan y proporciona coartadas a su discurso. La memoria del poder, que los centros de educación y los medios de comunicación difunden como única memoria posible,sólo escucha las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización. La impunidad exige la desmemoria. Hay países y personas exitosas y hay países y personas fracasadas, porque los eficientes merecen premio y los inútiles, castigo. Para que las infamias puedan ser convertidas en hazañas, la memoria del norte se divorcia de la memoria del sur, la acumulación se desvincula del vaciamiento, la opulencia no tiene nada que ver con el despojo. La memoria rota nos hace creer que la riqueza y la pobreza vienen de la eternidad y hacia la eternidad caminan, y que así son las cosas porque Dios, o la costumbre, quieren que así sean.
                                              Punto de vista 2
Desde el punto de vista del sur, el verano del norte es invierno.
Desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía.
Donde los hindúes ven una vaca sagrada, otros ven una gran hamburguesa.
Desde el punto de vista de Hipócrates, Galeno, Maimónides y Paracelso, existía una enfermedadllamada indigestión, pero no existía una enfermedad llamada hambre.
Desde el punto de vista de sus vecinos del pueblo de Cardona, el Toto Zaugg, que andaba con la misma ropa en verano y en invierno, era un hombre admirable:
-El Toto nunca tiene frío-de cían.
Él no decía nada. Frío tenía: lo que no tenía era un abrigo.
Crean lo que digo,olvidar es una enfermedad muy mala,y una práctica homicida,la indignación,cuando es verdadera,no es pacífica,porque sería cómplice de un estado que mira para otro lado cuando el pueblo paga la fiesta de unos pocos,y donde jamás fué invitado....

6 comentarios:

Ana Márquez dijo...

Acabo de ver en las noticias imágenes de la hambruna en Somalia. En otras partes del mundo hay mujeres que tienen enormes habitaciones de sus casas dedicadas sólo a guardar sus zapatos de marca. Algún día pagaremos por esto. Todos. Yo creo en la Justicia, si no en la de los Hombres, sí en la del Universo, que hace millones de años hizo desaparecer en unos minutos a una raza de animales gigantescos que estaban acabando ellos solos con todos los recursos de la Tierra. Creo en la Justicia, y la Justicia llegará. Aunque nos lleve a TODOS, merecidamente, por delante.

Gracias por hacernos reflexionar. Un beso grande.

Cristina P. dijo...

Yo creo que el poder y la abundancia destruyen a las personas, que se olvidan de su pasado y del valor real de las cosas, se vuelven egoistas, egocéntricos, es triste pero por desgracia en la mayoría de los casos es así.

Sandra dijo...

Sería bueno que nuestros gobernantes leyeran un poco, todos...
Muchas gracias Stella por tu saludo para Sofía por su cumple.
Espero que disfrutes del fin de semana, besos,
Sandra

Toffe dijo...

Es fundamental tener memoria y ser conscientes de lo que sucede en otras partes del mundo, tan terrible, tan cruel y tan tremendamente injusto...
Ay!

Te he dejado un regalito en mi blog de premios...
Pasa cuando puedas a recogerlo.
Un besazo, guapa

Paloma dijo...

"El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso"... Con esta frase me quedo porque encierra una gran verdad; bueno, con esta frase y con la convicción de que cada uno de nosotros podemos aportar algo para que este mundo cambie, hay que ser valientes, denunciar la injusticia, sufrir con los que sufren y no dejarnos cegar por el consumo. Un beso.

MARGA dijo...

Gracias por esta verdadera reflexión Stella, es doloroso pensar que mientras unos nadan en la abundancia otros no tienen ni siquiera agua potable, y lo que es peor todavía, no tienen el agradecimiento a la vida que las facilita tanto las cosas. Pero de todos modos, la opulencia a la larga no es más que la insatisfacción y la pérdida de la verdadera raiz humana de ser felices por lo que somos no por lo que tenemos.
Buenas noches y un besito
Marga

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